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Las cacofonías de Bad Bunny no son música ni mucho menos arte

Publicado el 7 de Febrero de 2026

En un mundo donde la destrucción cultural se disfraza de "éxito" masivo, Bad Bunny y su reggaetón representan el nadir de lo que algunos osan llamar arte. Premios Grammy a montones, apariciones en el medio del Super Bowl, cameos en películas de Hollywood. ¿Acaso estos trofeos efímeros convierten el ruido en sinfonías? ¡Absurdo! No, gente. La verdadera música eleva el alma, ennoblece el espíritu y refleja la verdadera dignidad humana. El jazz, ese bastión de la civilización occidental, nos recuerda lo que significa el arte genuino. Mientras tanto, las barbáricas cacofonías de Bad Bunny no son más que un eco vulgar de la barbarie moderna, que deshumaniza a la mujer y pervierte el barata y desechable

El espejismo del "éxito" comercial

Imaginemos por unos segundos: Bad Bunny, el autoproclamado "rey del reggaetón", recibe ovaciones en estadios llenos, contratos millonarios y elogios de una élite cultural desanclada de la realidad cotidiana. ¿Por qué es esto sino el triunfo de lo bajo sobre lo alto? En la Roma decadente, los gladiadores y las bacanales eran aplaudidos por las masas; hoy, el reggaetón cumple el mismo objetivo. Los premios y shows no convierten la basura en oro; solo la mercantilizan. El verdadero arte resiste el tiempo, no se doblega ante algoritmos de Spotify o las modas de Tik Tok.

Contrastemos esto con el jazz: Nacido en los callejones de Nueva Orleans a principios del Siglo XX, hijo legítimo de la tradición afroamericana y europea. Louis Armstrong, con su trompeta angelical en "Que mundo tan maravillosa" (What a wonderful world), no se necesitaba de shows multimillonarios para inmortalizarse. Duke Ellington componía paquetes orquestales que hablaban de la grandeza humana, no de instintos primarios. El jazz es improvisación divina, diálogo entre almas, no un ritmo repetitivo diseñado para adormecer la mente y excitar los sentidos más bajos.

La denigración sistemática de la mujer

Aquí radica el pecado mortal del reggaetón: Su manera de tatar a la mujer como objeto intercambiable. Letras como las de Bad Bunny en canciones como "Safaera" o "Yo perreo sola" reducen el romance a un perreo sudoroso, a cuerpos en colisión sin alma ni compromiso. "Te lo meto hasta el fondo", "canta" el "artista" en sus letras explícitas, corrompiendo el amor en una transacción temporal: úsala, descártala, repite. ¿Dónde está el cortejo caballeroso, el juramento eterno, la familia como pilar sagrado de la sociedad? Esto no es empoderamiento, es degradación pura.

El jazz, en cambio, canta al amor verdadero. Escuchen "My Funny Valentine" de Chet Baker: vulnerabilidad, ternura, devoción inquebrantable. O "Summertime" de Ella Fitzgerald, una nana que evoca maternidad y calidez hogareña. Billie Holiday, con su voz rota por el dolor auténtico, nos habla de corazones partidos, pero siempre con dignidad.

El jazz exalta a la mujer como musa, madre, esposa; no como un trofeo sexual desechable. En un mundo donde la familia es el pilar fundamental de la sociedad, el reggaetón la erosiona con su mensaje de promiscuidad ilimitada celebrada.

Amor verdadero VS Transacción vulgar

El amor, en su esencia divina, es sacrificio, fidelidad y eternidad. El matrimonio, bendecido por Dios y la tradición, es su máxima expresión. Bad Bunny lo profana: sus letras promueven el "amor" como un mero capricho hormonal, intercambiable como un codón usado. Canciones llenas de groserías, alusiones sexuales crudas y cero profundidad emocional. ¿Arte? No, esto es pura pornografía auditiva, que corrompe a la juventud latina, alejándola de los valores familiares que las construyeron.

El jazz, proyección de la sociedad de antaño, restaura la belleza, la pureza y el orden. Miles Davis en "Algo Triste" (Kind of Blue) evoca melancolía profunda, reflexión espiritual. John Coltrane, en "Un amor supremo" (A love supreme), es una oración jazzística al Creador. Esta música forja el carácter; enseña paciencia en la improvisación, respeto en elevación en la nota sostenida. No destruye; construye civilización.

La resistencia frente a la decadencia moral

Algunos dirán: "Es solo música, déjenlos divertirse". Pero ¿acaso no fue la complacencia ante el entretenimiento vacuo lo que aceleró la caída de Roma? El reggaetón no es inocuo; es un vector de vacuidad que normaliza la violencia contra la mujer, la inmediatez emocional y la aniquilación del pensamiento crítico. Mientras la masonería internacional nos trata de vender a Bad Bunny como "arte sincero" y "música auténtica", las escuelas de música cerrarán por falta de fondos, y los jóvenes seguirán soñando con convertirse en "influencers" de TikTok en lugar de maestros, ingenieros o artistas verdaderos.

El jazz: himno de una humanidad elevada

El jazz no es nostalgia; es resistencia. Es el contrapeso a la barbarie de la "música" moderna. Escuchen a Art Tatum deslizarse por un piano como si cada tecla fuera una revelación divina. Contemplen cómo Charles Mingus convierte el caos en armonía, cómo Thelonious Monk retuerce la lógica para recordarnos que el arte es revolución, no repetición. El reggaetón ofrece un ritmo único, monótono, diseñado para adormecer; el jazz, en cambio, exige que el oyente participe, que sienta, que viva.

La batalla por el alma de la cultura de nuestras naciones

Esta no es una disputa estética; es una guerra por el alma de nuestra civilización. Si permitimos que el reggaetón domine el imaginario colectivo, estaremos aceptando la triunfo de lo efímero sobre lo eterno, de la lujuria sobre el amor, del ruido sobre la melodía. Recordemos: las pirámides de Egipto, la Capilla Sixtina, la Novena Sinfonía de Beethoven... estas son las obras que definen la grandeza humana. ¿Qué dejará Bad Bunny en mil años? ¿Unos cuantos videos virales y un vacío espiritual y cultural?

El tiempo de callar ha terminado. Que suene el jazz, que resuene en las calles, en las escuelas, en los corazones. Que sea el antídoto contra la cacofonía que nos ahoga. Por la familia, por la dignidad, por la cultura: ¡basta de escuchar reggaetón y sus barbáricas letras! ¡Viva el jazz que nos eleva!

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